21/1/07

Luna Inés

Dos noches antes de que terminase el 2006, a la salida de una cafetería, encontramos un gato naranja debajo de nuestro coche. Eran casi las dos de la madrugada, y hacía frío. Todavía no sé por qué, pero mi marido la llamó (era una gata) y vino hacia nosotros. Se dejó coger y acariciar y, sin mediar palabra, arrancamos el coche y nos la llevamos a casa.
¿Por qué lo hicimos? Todavía no lo sabemos. Ni a él ni a mí nos han gustado nunca los gatos. Siempre habíamos dicho que, en el improbable caso de que nos decidiésemos a tener una mascota, sería un perro. Y ya ves.
En fin, la cuestión es que al final se quedó con nosotros una semana. Ahora está en la casa del novio de una de mis hermanas, viviendo una pedazo vida de gata y siendo la niña mimada. Inexplicablemente, y a pesar de todos mis prejuicios, cuando la regalé, lloré. Fue el día de Reyes, y ha sido el peor de todos los que recuerdo.
Parece mentira lo que te puede hacer sentir un animal en sólo unos días y lo mucho que se le puede echar de menos. Ni que decir tiene que ahora han cambiado mis sentimientos acerca de los gatos.
Por cierto, el nombre de Luna Inés es el que le pusimos a la gata: Luna, porque apareció una noche de luna llena, e Inés, porque fue inesperada.

Ta lueguico.